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La muerte del divino Sócrates

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Hace mucho tiempo, tanto que no había nacido ni Cristo, hubo en la ciudad de Atenas un superhéroe un tanto atípico. La leyenda decía de él que era el hombre más sabio. (Bueno, eso en realidad lo dijo un oráculo, cuya falta de claridad provocaba fuertes quebraderos de cabeza a los antiguos, y si no que le pregunten a los tebanos, pero no nos desviemos tan pronto).

Ese superhéroe se llamaba Sócrates. Como todo superhéroe, Sócrates tenía un superpoder. El suyo, que había heredado de su madre, una partera llamada Fenáreta, consistía en hacer dar a luz a los hombres, en sacarles lo que estos tuvieran dentro, ya fuera conocimiento o ignorancia, gracias a unas preguntas que aguijoneaban como picaduras de tábano.

Que un hombre se dedicara a una actividad propia de las mujeres levantó todo tipo de habladurías, pero Sócrates no era un hombre cualquiera, sino un superhéroe, y como tal no se preocupaba de la opinión de los atenienses. Él mismo nunca dejó clara su orientación intelectual y nunca se definió ni como sabio ni como ignorante, sino que, como toda oracular fashion victim, jugaba a la ambigüedad y decía cosas como “yo solo sé que no sé nada”.

Precisamente porque, también según dice la leyenda, Sócrates, además del más sabio, era el más justo, era un desobediente que no acataba órdenes injustas.

Esta manía de hacer preguntas que evidenciaban que sus conciudadanos no sabían tanto como decían saber y que no eran sabios, sino ignorantes; pero también lo contrario, esto es, que los esclavos que nunca habían recibido ninguna formación poseían conocimientos matemáticos; en definitiva, su manía de ponerlo todo patas arriba, y el hecho de no cumplir con los caprichos de ciertos hombres tan injustos como poderosos, le valió la felonía de ser acusado injustamente por tres supervillanos, Meleto, Ánito y Licón, la mismísima personificación del M.A.L.

daimon-e1425163157211-397x585En el jucio que se celebró Sócrates se declaró inocente de los cargos que se le imputaban, impiedad y corrupción de la juventud, porque, en primer lugar, ¡él era un elegido de los dioses! (los superhéroes y sus delirios de grandeza) y, segundo, dejó muy claro que él se limitaba a aceptar las solicitudes de amistad que recibía, que a él eso del facebook no le daba ni frío ni calor por mucha foto con la túnica a medio caer que lucieran en sus perfiles los efebos (y por mucho acoso al que le hubiera sometido el guaperas de Alcibíades, añadimos quienes lo sabemos de buena tinta, que muy guapo, muy rico, muy joven y muy cachas, pero con Sócrates no se comió ni las uñas).

Si sus acusadores y todos los que siguieron aquel juicio, el primer reality show de la historia, esperaban asustar a Sócrates con sus infames calumnias y que este llorara y suplicara clemencia y prometiera no hacerlo nunca más para evitar así una condena, se equivocaron de pleno. Lejos de achicarse, Sócrates lanzó un órdago: hago lo que hago porque estoy en misión divina. Sí, sí, como lo oís: je suis el elegido de Apolo.

¡Agárrate la pantorrila por lo gordo!

Y no solo eso, sino que tengo comunicación directa con las altas esferas olímpicas gracias a mi daimon (los superhéroes y sus gadgets…), así que ya me estáis indemnizando como víctima que soy de vuestros errores y qué menos que invitarme a una cena en el Pritaneo.

ltimo-brindis-e1425163443159Que si vosotros sois tan ignorantes que ni siquiera sabéis que sois ignorantes, que si yo soy divino, que si yo soy un elegido, que si oigo voces… La acusación aceptó el órdago a juego y resulto que Sócrates tenía 31, pero ellos eran mano. Y como se veía venir, a nuestro superhéroe le fue fatal. Tan mal tan mal que salió del juicio condenado a muerte.

A la espera de que se ejecutara la sentencia, Sócrates fue encarcelado. (A estas alturas alguien se estará preguntando, y con razón, qué clase de superhéroe es aquel que es incapaz, no ya de escapar a la cárcel, sino de ganar un miserable órdago al mus). El caso es que, alterando el dicho popular podríamos decir de Sócrates que, no en su pecado, sino en su virtud, llevaba su penitencia: para ganarse la fama de justo, debía actuar justamente y acatar la sentencia dictada en un juicio justo bajo unas leyes justas. Porque, esa es otra, las leyes de Atenas no eran cualquier cosa, sino algo grande y temible. Aunque no tan temibles como las leyes del Hades, capaces de hacer temblar a un muerto por toda la eternidad. (Hasta los superhéroes se deben a sus superiores.)

El caso es que Sócrates se pidió la última -la del estribo, que dicen las rancheras-, de cicuta, y ese fue el último brindis que hizo con sus amigos.

Una vez ingerido el veneno, se tumbó a esperar que el brebaje le hiciera efecto para empezar a disfrutar de todas las ventajas de su nueva vida: se acabó el madrugar, se acabaron las obligaciones, se acabó el trabajar -a ver Sócrates, que trabajar, lo que se dice trabajar, no has trabajado en tu vida-, se acabaron las acusaciones injustas y los quebraderos de cabeza que traen los juicios (ya lo dicen los gitanos de mi barrio, “juicios tengas y los pierdas”).

Sócrates-ante-la-muerte-400x598Bueno, amigos, cuidad de mi mujer y de mis hijos, -Jantipa, deja de montar el numerito, que no es el momento- que yo me voy al Hades, el garito con más solera de la noche griega, la flor y nata de la nocturnidad mediterránea, a pegar la hebra con los ilustres y a desahogarme sobre lo malos e ignorantes que son los hombres, a comentar los pormenores de la guerra de Troya, que menudo lío por la tal Helena, a sonsacarle a Odiseo alguna artimaña para no volver a perder nunca al mus y a ver qué tal está Sísifo de su espalda, pobre, siempre hay alguien que está peor, a ver si le convenzo de que vaya de una vez a un fisioterapeuta de verdad y se deje de charlatanes y curanderos.

Por cierto: no se os olvide que le debemos un gallo a Asclepio (oracular hasta la muerte, genio y figura hasta la sepultura).

Dicho lo cual Sócrates se arrojó al más allá: su alma se separó de su cuerpo, que quedó entre sus llorosos amigos, -entre los que estaban presentes, claro, porque lo que es Platón, mucho “maestro, maestro”, pero al final que si no me encuentro bien, que si a lo mejor no puedo ir, que si no te lo tomes a mal, que si tú ya sabes que a mí no me gustan las despedidas… en fin, que él verá cómo arregla este feo histórico que me ha hecho- y echó a volar (el alma, estábamos con el alma) hacia el Hades.

¿Que cómo supo el alma de Sócrates en qué dirección estaba el Hades? Pues saberlo no lo sabía, pero para eso están los gadgets, en este caso el daimon, que de camino al destino final le enseñó los secretos mejor guardados del mundo de la noche y, como suele suceder en esos ambientes, le regaló el viaje más psicotrópico de su (recién estrenada) vida, durante el cual fue testigo de las escenas más alucinantes, contempló las visiones más fantásticas, se cegó con los brillos más deslumbrantes y cayó rendida ante los colores más saturados del tratamiento de imágenes.

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Y en esta su navegación dejaron atrás las inmortales almas de los injustos, condenadas a sufrir eternamente el tormento de no recibir el perdón de sus víctimas, y dejando atrás sus alaridos y sus lamentos llegaron a las inmortales almas de quienes prefirieron sufrir injusticia antes que cometerla, ganándose en la vida terrenal el derecho a ser felices y bienaventuradas para siempre./Henar Lanza

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¿Cómo?, ¿que esto no es lo que cuenta el cuento de El divino Sócrates?, ¿que esto no es lo que escribió Platón en la Apología, el Critón y el Fedón? ¿Y qué sabrá Platón, si él no estuvo en la muerte de Sócrates? ¿Y tú?, ¿qué haces tú, guardián de la ortodoxia, leyendo una revista que jura y perjura que en Madrid hay playa?

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Autor: Jean Paul Mongin
Ilustrador: Yann Le Bras
Editorial: Panamericana (se puede comprar aquí)
Páginas: 64
Precio: 19.000 pesos colombianos / 6 – 7 €

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