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	<title>La playa de Madrid &#187; Jordi Carmona Hurtado</title>
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		<title>CT o la cultura de la transición</title>
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		<pubDate>Wed, 25 Jul 2012 18:21:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jordi Carmona Hurtado</dc:creator>
				<category><![CDATA[Librosimperdibles]]></category>

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		<description><![CDATA[<p><span class="entradilla">La publicación de esta reseña en la rúbrica «Libros imperdibles» merece una aclaración pues su autor no considera que el libro que reseña sea imperdible. Sin embargo, si el libro no lo es, sí lo es su ocasión: reflexionar, a </span>&#8230;</p>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_5577" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><a href="http://www.laplayademadrid.es/wp-content/uploads/ct.jpg" rel="lightbox[5572]"><img class="size-medium wp-image-5577" title="" src="http://www.laplayademadrid.es/wp-content/uploads/ct-300x300.jpg" alt="" width="300" height="300" /></a><p class="wp-caption-text">La cultura de los que de verdad perdieron</p></div>
<p><span class="entradilla">La publicación de esta reseña en la rúbrica «Libros imperdibles» merece una aclaración pues su autor no considera que el libro que reseña sea imperdible. Sin embargo, si el libro no lo es, sí lo es su ocasión: reflexionar, a la luz de lo que ocurrió desde el 15M, sobre la cultura que venimos heredando desde la Transición. El libro responde así a una ocasión efectivamente imperdible; aunque perdida. Partiendo de esta constatación el autor sueña con el libro imperdible que correspondería a la ocasión imperdible, y por eso espera que el lector sea benevolente con su crítica.</span></p>
<p><strong>La cultura de los que de verdad perdieron</strong></p>
<p>Es extraño y difícil escribir sobre algo como el volumen de textos <em>CT o la Cultura de la transición</em>. <em>Crítica a 35 años de cultura española.</em> La operación parece clara. En efecto, desde la llamada Transición han pasado unos 35 años. En esos 35 años, si aceptamos la definición de «cultura» de uno de los articulistas que contribuyen al volumen, es decir todo lo que hacen los hombres y las mujeres hagan lo que hagan -pues en eso se distinguen de los animales que hagan lo que hagan no hacen cultura sino naturaleza- ha habido una cultura como no podía ser de otra manera, también en ese país llamado España.</p>
<p>Esa cultura la podemos llamar «Cultura de la Transición» o -para ahorrar el trabajo a los publicistas que considerarán que esas palabras y los intervalos que las separan ya gastan demasiadas espacios- «CT». <strong>La CT</strong>, nos dice y nos repite el nombrador de la cosa, es un concepto. Esto es, no un eslogan, no sea que alguien se despiste con lo de las iniciales martilleadas sin cesar, sino una cosa seria. Un concepto que ha sido creado colectivamente, como debe ser, aunque tenga firma de autor, y al que se ha recurrido a todo tipo de saberes y competencias, desde el periodismo crítico hasta los <em>culture studies</em>. No un eslogan, sino un concepto serio, un concepto con pedigrí.</p>
<p>Este volumen recoge una serie de textos que en principio se sirven de ese<strong> «concepto-CT»</strong> (pues es una herramienta, que se note que hemos oído hablar de Foucault, que somos chicxs leídxs y enteradxs, etc.; y también es, como debe ser ahora todo, capaz de ser usado anónimamente, fabricado colectivamente y firmado con «Yo-marca»&#8230;) para analizar 35 años de cultura-española-en-sus-diferentes-manifestaciones&#8230; Pero el libro también es o quiere ser, al libro le gustaría ser una historia, le gustaría contar una historia. Al libro le gustaría introducir un concepto, «utilizarlo» en diferentes campos de análisis, y al mismo tiempo contar una historia. Para que haya una historia que contar, lo sabemos desde Aristóteles, es necesaria una peripecia. Esta peripecia la ofrece el 15M. En la contraportada, se nos asegura que quienes contribuyen al volumen son o fueron «varios de sus miembros más activos». En la misma frase, se continúa diciendo que «fueron partícipes o lo siguieron con interés». Por tanto, la peripecia de la historia que cuenta el libro la ofrece el 15M, ese movimiento (cultural también a su manera, como todo lo que hacen los hombres y mujeres, etc.) del que quienes contribuyen a este volumen fueron miembros activos y partícipes o lo siguieron con interés. El rango de relación de los autores con el 15M circula por tanto desde la completa adhesión militante al del espectador que muestra cierto interés sobre un suceso, sin que quede claro hasta qué punto este interés es o no desinteresado. Otro de los articulistas declara al final de su artículo (pues el momento en que irrumpe la peripecia, que altera los destinos pero que permite el reconocimiento de los actores, se sitúa normalmente al final) : «en mi opinión el 15M está bien» (no es la expresión literal).</p>
<p><strong><a href="http://www.laplayademadrid.es/wp-content/uploads/15M.jpg" rel="lightbox[5572]"><img class="size-medium wp-image-5592 alignleft" title="15M" src="http://www.laplayademadrid.es/wp-content/uploads/15M-300x300.jpg" alt="" width="300" height="300" /></a>El papel del 15M</strong> en esta historia que el libro también quiere ser, sería el de provocar una hecatombe de la CT, o un resquebrajamiento o una crisis de la CT, en todo caso algo que podría producir cierta perturbación en el transcurso ordinario de la CT. El esquema de la historia es el siempre disponible de «lo viejo y lo nuevo», que desde que dejó de haber divisiones serias en el mundo (recordemos la película de Eisenstein) vale tanto para un roto como para un descosido. La CT es una especie de remanente del franquismo, es como el viejo autoritarismo: estructura vertical, voluntad de cohesión y consenso, puesta a distancia permanente de lo problemático. Una «cultura de Estado», como se repite a menudo en el volumen. De ahí que vuelvan los viejos tópicos liberales del siglo XIX como «Spain is different», lo lejos que estamos de Europa y en general del mundo civilizado&#8230; Lo que da pie a los regodeos de siempre en nuestra «cultura», es decir en los productos de consumo que varios de los articulistas comentan cotidianamente de modo profesional. Lo que se opone a esta CT, según el esquema de «lo viejo y lo nuevo», sería una especie de mezcla de temas « socializantes » (la fabricación y el uso colectivo de los productos), eso sí, limitado al terreno virtual o esta vez sí restringidamente cultural, y sobre todo temas «libertizantes», del tipo de las críticas a las costumbres y modos anquilosados de la CT, que no dejan que el torrente de la vida social (incluyendo la apuesta por una cultura-de-mercado-seria) encuentre sus cauces adecuados. Todo esto sin ninguna semejanza remota con algún socialismo libertario realmente existente. El esquema de «lo viejo y lo nuevo» queda, a pesar de lo que podría ser una oportunidad de despertar para cada uno, esto es el 15M, reducido en la historia que duerme a su uso habitual por las generaciones de hombres y mujeres (del <em>establishment</em>) que se suceden como las generaciones de hojas de árboles con las estaciones. Ninguna historia, nada más que la naturaleza, aunque la naturaleza ahora imponga algún tapón generacional&#8230;</p>
<p>Y es que los «nuevos» son más viejos que los viejos, aunque tengan 20 años. Son irónicos, sabelotodo, están completamente al día, son hiperconscientes de cómo afectará a su situación en el mercado cada palabra que escriben: «perfectamente preparados para la vida moderna», como se dice, para este viejo mundo moderno del capitalismo que es el nuestro. Internet no hace, la mayor parte de las veces, más que aumentar y hacer ubicuo lo que en el siglo XIX se llamaba el salón, la «cultura de salón», la «sociedad» tan bien descrita por la literatura de ese tiempo: ese espacio frívolo compuesto a partir de guiños en que cada uno va a «hacer relaciones», a venderse y a buscar comprador para sus productos. Hoy que Internet (o «la red») trata de presentarse como la nueva máquina de vapor de las «primaveras» actuales, no sólo cabe recordar estas pervivencias de lo viejo en lo nuevo sino que las lecturas de la historia que hacen de novedades técnicas el motor real de las revoluciones fueron inventadas por teóricos estalinistas, dogmáticos del economicismo.<br />
Los nuevos son por tanto más viejos que los viejos. Y es que parten en desventaja con respecto a los viejos. Pues los viejos, al menos, fueron jóvenes una vez, aunque luego traicionaran esa juventud. Pero poder traicionar ya es algo: hay que haber estado enamorado, hay que haberse arriesgado, hay que haberse atrevido a amar. Y esto es lo que nuestros jóvenes seniles no logran, tampoco con el 15M. Alguien durante mayo de 2011 habló de que era necesaria una segunda transición; el problema de esto es que ni siquiera puede haber «segunda» si hay transición. No hay transición en la transición, la transición se basta a sí misma. Nos podrá gustar más o menos, pero es algo. La autoridad de la cultura de la transición viene de ahí: esos «sociatas» fueron alguna vez no sólo antifranquistas sino socialistas y comunistas, por llamarlo así, realmente, en los hechos. La historia de la degeneración la conocemos todxs; pero ahí queda, es algo. Hubo un momento de seriedad en esas vidas, hicieron algo de historia. Lo que no se puede decir exactamente de éstas. Aunque una vez más, el 15M pudo ser o puede ser una oportunidad para ello, para encontrarse con la vida de uno con un poco de seriedad.</p>
<p><a href="http://www.laplayademadrid.es/wp-content/uploads/15M2.jpg" rel="lightbox[5572]"><img class="alignright size-medium wp-image-5590" title="15M2" src="http://www.laplayademadrid.es/wp-content/uploads/15M2-300x300.jpg" alt="" width="300" height="300" /></a>Eso es al menos lo que yo retengo de lo que sucedió en mayo: fuimos realmente, en algunos momentos, socialistas y comunistas, por decirlo así, en los hechos, en el seno de una experimentación. Estábamos actuando, haciendo socialismo, comunismo, democracia, la palabra que sea: pues es la cosa lo que importa. Hubo una seriedad inaudita. En un Madrid de «pasacalles alternativos» y de «centros sociales 2.0», desde el principio una gran pancarta: «Esto no es un botellón». Quien pasó por allí podrá recordarlo, si no se ha olvidado ya completamente con tanta cháchara «cultural»: esta vez iba en serio, podía ir en serio, todavía puede ir en serio. Aunque la seriedad encontrara sus limitaciones, y es que todxs estamos acostumbrados a ciertas «comodidades» a las que nos cuesta renunciar. Y muchos de los que se presentan como los adalides de un cambio-del-paradigma-cultural a partir del 15M podrían tratar de recordarlo. Recordar también en qué lo que ocurrió en mayo, aunque algunos estuviésemos deseando prácticamente toda la vida algo así (¿pero esos deseos iban en serio?), no era del todo de nuestro gusto. Y que muchos de los actuales «líderes de Internet», que un articulista llega a comparar zalameramente con los jefes zapatistas, en una prueba de la falta de seriedad (insisto en la palabra) de estos artículos, hablaban en periódicos desde los primeros días de que las plazas no eran lo importante, cuando todo había comenzado en las plazas (y no sólo en Sol): que lo que había que hacer en fin era volver a casa a nuestros ordenadores, donde se está más cómodo ciertamente. ¿Hablamos en serio de una transformación de la cultura? ¿De una cultura más problemática? Podríamos empezar por ahí, por tratar de nombrar los problemas que nos causó el 15M, cuando ha sido, cuando es, un objeto real. Podemos empezar por problematizarnos a nosotros mismos, y no guiñarnos el ojo simplemente unos a otros con la palabra «problemático», «disenso», etc.</p>
<p><a href="http://www.laplayademadrid.es/wp-content/uploads/15M4.jpg" rel="lightbox[5572]"><img class="alignright size-medium wp-image-5595" title="15M4" src="http://www.laplayademadrid.es/wp-content/uploads/15M4-300x300.jpg" alt="" width="300" height="300" /></a>Recuerdo también que en uno de los primeros manifiestos se llamaba la atención sobre el hecho de que <strong>necesitábamos «resignificar las palabras»</strong>. Tal vez, toda cultura que quiera ser otra cosa que la cultura de los socialistas renegados que nos preceden, deba partir de ahí. Si acontecimientos como el 15M pueden tener alguna importancia es que en nuestras vidas virtuales, en nuestras vidas de máscara sobre máscara, alguien puede tener la oportunidad de resignificar alguna palabra de las que usa, y de comprobar en fin que las palabras no son nada, son menos que nada, infinitamente peores que el silencio, si no remiten a alguna cosa. Ese es el sentido del realismo, no el «socialista», sino el de Whitman, el de Vertov, el de Brecht, el de tantos otros. Pues en el fondo la cultura de la transición, si resignificamos un poco la palabra «cultura», no existe, es una gran nada. No siempre hay cultura, como no siempre hay historia. En este país hubo a veces una cultura, y los pocos que llegan a decir algo sobre la «CT», son los que han contribuido a formarla: Sánchez Ferlosio, Valente. Y al menos, a mi modo de ver, lo chocante del 15M fue ver que había una gran disparidad entre la «política», por decirlo así, y la «cultura». Si hay una experiencia política muy rica, en Madrid y en otras partes, y la igualdad, la horizontalidad, el respeto, son cosas que no se discuten y que están muy profundamente asimiladas, en cuanto a la cultura, la cosa era tendente a cero. Y es que 40 años de dominación capitalista no pasan sin dejar huella, en cuanto a la cultura. Porque aceptamos llamar «cultura popular» a una cultura fabricada para que no haya ningún pueblo, etc., porque aceptamos en el fondo cualquier cosa, en una degradación extrema del lenguaje que hace que este libro sobre la «CT» sea prácticamente imposible de leer.</p>
<p><strong>Rimbaud</strong> opuso la poesía moderna -que según él debía anticipar la acción (el poeta como vidente), a la clásica -que rimaba la acción, que le daba una forma memorable. Hoy, desde luego, la poesía (la cultura) no anticipa la acción, tampoco la rima. Pero tal vez pueda partir (resignificación) de la acción misma: encontrar cosas que hagan que las palabras dejen el frívolo juego de sociedad y toquen algo, nombren algo. Encontrar, en fin, un afuera del «lenguaje», un afuera de la cháchara. Y que ese afuera dé la forma a lo que decimos, y no nuestro pequeño narcisismo y las infinitas servidumbres que provocan nuestras dificultades bien reales para sobrevivir en el mercado cultural; tal vez así tengamos alguna vez algo que decir, aparte de la nada que si queréis podemos llamar «CT», y que colea y sigue bien viva (al modo del muerto viviente) en quienes dicen criticarla.</p>
<p>Tal vez algo así podría dar contenido a una especie de otra cultura, esa cultura que esperan tal vez los que «de verdad perdieron», los que de verdad no dejan de perder, y que tal vez tuviera algo que ver con lo que escribe Belén Gopegui en el artículo más bello del libro, en un fragmento que hace que uno no se arrepienta tanto de pagar cinco euros por él, ni de leer tanta nulidad, ni de encima dedicar un rato a escribir sobre ella:</p>
<blockquote><p>«¿De qué trató, o trata todavía, la literatura de la CT?</p>
<p>Cuenta a menudo la historia de un país donde los buenos habían perdido la guerra y un buen día, con las manos limpias de la derrota y las arcas llenas de haber pactado, llegaron al poder. Lo mejor era que se podía ser perdedor y ganador al mismo tiempo, ser perdedor sin la humillación, sin la acusación de estupidez y cobardía, sin la certeza de la sumisión ni la necesidad de romper la baraja que asaltan al perdedor. Ser ganador sin la desfachatez antiestética del vencedor, sin su falta de legitimidad y de violencia, sin la conciencia de estar pisando los sueños de nadie. La burguesía siguió idealizando sus móviles, otorgándose la capacidad de perdonarse a sí misma por boca de un perdedor con alma de Laszlo y cuerpo de Humphrey Bogart, se quedó con Casablanca y con París, sentimentalizó —Soldados de Salamina— una reconciliación donde los perdedores salvan a los ganadores porque, al fin y al cabo, son los mismos, porque los que de verdad perdieron, donde quiera que estuviesen, no tenían ni la paz ni la palabra.»</p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
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