Leos Carax is back!

Señoras y señores, con todos ustedes ‘Los motores sagrados’. No, no es el nombre de una banda de garaje punk; tampoco el apelativo de una secta de nuevo cuño. Hablamos de cine de culto instantáneo, pero nada que ver con esas bebidas insustanciosas servidas en polvo. Estamos frente a una de las películas más misteriosas y electrizantes de este año del apocalipsis, la crisis y la desubicación moral. Holy Motors, la primera película del francés Leos Carax (Los amantes del Pont-Neuf) en 13 años se convirtió en un clásico controvertido desde el mismo momento en que se presentó en Cannes el mayo pasado, y así ocurrió también cuando meses después arrasó en Sitges, llevándose todos los premios de peso: desde mejor dirección a mejor película fantástica.Holy Motors es una película sagrada por lo mucho que tiene de dispositivo que nos pone a vibrar de forma irracional, que precisa de un acto de fe o de un aliento del espíritu que no cuestiona desde la razón, que solo siente y confía. Un sagrado, conviene aclarar, muy punk, que no responde a ortodoxias, sino al humor y la libertad anárquica y poética de la imaginación. Es también un sueño tan brutalmente lleno de comedia como de tristeza, y de referencias cinéfilas, que van desde David Lynch a Georges Franju y su Ojos sin rostro (1960), de los musicales a las películas de género, de Buñuel a la autorreferencia (la presencia del edificio de La Samaritaine, como en Los amantes del Pont Neuf). Holy Motors es un mundo irreverente, un alarde creativo que nos recuerda que el cine (y la imaginación) puede hacerlo todo, sin responder a lógicas aplastantes ni asfixiantes. Una obra demente, enigmática, marciana, extrema, bella y fea, apasionada, irritante y brillante.Amanece sobre las afueras de París y Monsieur Oscar (grandioso Denis Lavant) sube a una limusina blanca donde le espera su asistente Céline (Edith Scob), que le irá pasando el orden del día: una jornada que va construyéndose como una odisea surrealista. Monsieur Oscar va atendiendo sus “citas”, que afronta tomando diversas identidades: de ejecutivo agresivo a vieja indigente, de modelo ultratecnológico a personaje monstruoso y caníbal, de padre de familia a asesino, de viejo moribundo a miembro de una familia de chimpancés… Pero este multiintérprete es un hombre devastado, quizás perdido entre sus personajes, quizás simplemente harto de ponerse máscaras sin que nadie le preste la más mínima atención, probablemente hastiado de un mundo que ha desterrado la fantasía, la imaginación y la verdad.Holy Motors es un homenaje al mundo de los actores y de la interpretación donde se pasean desde Michel Piccoli a Kylie Minogue o Eva Mendes, un monumento al cine como ese motor de lujo donde todo puede suceder. Pero no solo eso: también nos habla de la búsqueda de la intensidad en cada gesto, una caza que nos mantiene con los motores prendidos, de las identidades en tiempos confusos, de todas las oportunidades convulsas de una vida, de la vida física, más allá de las sensaciones digitales, de las posibilidades palpables de la existencia: de la muerte al sexo pasando por el asesinato, el amor, el suicidio o el canibalismo…Holy Motors es una película demente que nos devuelve a la cordura: salgamos a la calle con todas nuestras máscaras porque todas ellas somos nosotros./ Sara Brito García” />

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Cine

Holy Motors, de Leos Carax

16 nov 2012 - 30 nov 2012
Cines Ideal

Leos Carax is back!

Señoras y señores, con todos ustedes ‘Los motores sagrados’. No, no es el nombre de una banda de garaje punk; tampoco el apelativo de una secta de nuevo cuño. Hablamos de cine de culto instantáneo, pero nada que ver con esas bebidas insustanciosas servidas en polvo. Estamos frente a una de las películas más misteriosas y electrizantes de este año del apocalipsis, la crisis y la desubicación moral. Holy Motors, la primera película del francés Leos Carax (Los amantes del Pont-Neuf) en 13 años se convirtió en un clásico controvertido desde el mismo momento en que se presentó en Cannes el mayo pasado, y así ocurrió también cuando meses después arrasó en Sitges, llevándose todos los premios de peso: desde mejor dirección a mejor película fantástica.

Holy Motors es una película sagrada por lo mucho que tiene de dispositivo que nos pone a vibrar de forma irracional, que precisa de un acto de fe o de un aliento del espíritu que no cuestiona desde la razón, que solo siente y confía. Un sagrado, conviene aclarar, muy punk, que no responde a ortodoxias, sino al humor y la libertad anárquica y poética de la imaginación. Es también un sueño tan brutalmente lleno de comedia como de tristeza, y de referencias cinéfilas, que van desde David Lynch a Georges Franju y su Ojos sin rostro (1960), de los musicales a las películas de género, de Buñuel a la autorreferencia (la presencia del edificio de La Samaritaine, como en Los amantes del Pont Neuf). Holy Motors es un mundo irreverente, un alarde creativo que nos recuerda que el cine (y la imaginación) puede hacerlo todo, sin responder a lógicas aplastantes ni asfixiantes. Una obra demente, enigmática, marciana, extrema, bella y fea, apasionada, irritante y brillante.

Amanece sobre las afueras de París y Monsieur Oscar (grandioso Denis Lavant) sube a una limusina blanca donde le espera su asistente Céline (Edith Scob), que le irá pasando el orden del día: una jornada que va construyéndose como una odisea surrealista. Monsieur Oscar va atendiendo sus “citas”, que afronta tomando diversas identidades: de ejecutivo agresivo a vieja indigente, de modelo ultratecnológico a personaje monstruoso y caníbal, de padre de familia a asesino, de viejo moribundo a miembro de una familia de chimpancés… Pero este multiintérprete es un hombre devastado, quizás perdido entre sus personajes, quizás simplemente harto de ponerse máscaras sin que nadie le preste la más mínima atención, probablemente hastiado de un mundo que ha desterrado la fantasía, la imaginación y la verdad.

Holy Motors es un homenaje al mundo de los actores y de la interpretación donde se pasean desde Michel Piccoli a Kylie Minogue o Eva Mendes, un monumento al cine como ese motor de lujo donde todo puede suceder. Pero no solo eso: también nos habla de la búsqueda de la intensidad en cada gesto, una caza que nos mantiene con los motores prendidos, de las identidades en tiempos confusos, de todas las oportunidades convulsas de una vida, de la vida física, más allá de las sensaciones digitales, de las posibilidades palpables de la existencia: de la muerte al sexo pasando por el asesinato, el amor, el suicidio o el canibalismo…

Holy Motors es una película demente que nos devuelve a la cordura: salgamos a la calle con todas nuestras máscaras porque todas ellas somos nosotros./ Sara Brito García

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