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Crónicas

Mitología moderna: El misterioso final de la Banda del Pegamento

Ocurrió cerca de su casa…

Hace unos diez años había por la zona del Rastro y Lavapiés una pandilla de niñatos marroquíes ultraviolentos que se dedicaban a dar palos a diestro y siniestro, conocida como La Banda del Pegamento. Por aquel entonces yo vivía en la calle Embajadores con San Cayetano, y no pasaba un día sin que alguien gritase “¡Mi bolso, mi bolso!” o “¡Al ladrón!”. A los chinos de debajo de mi casa les robaban casi todas las semanas, una vez les atracaron dos veces en un mismo día. A un compañero de piso alemán lo asaltaron en el portal de casa y le hicieron la infame maniobra conocida como la presa.

El barrio tenía miedo, y la paciencia de los gitanos de la zona estaba llegando al límite: por un lado, sus mujeres ya no se sentían seguras por la calle y tenían que ir acompañadas por ciertos sitios y/o a ciertas horas; por otro, los comerciantes chinos, con los que los gitanos tienen estrechas relaciones comerciales, estaban desesperados. Corrían rumores por el barrio de que se estaba pensando en llamar a los primos del poblao para solucionar el problema. Mal rollo.

El caso es que poco a poco se empezó a ver por Mesón de Paredes y alrededores a unos chinos estilo peli de John Woo, pero en discreto: jóvenes, pelo corto, gafas de sol, chaqueta… Los comerciantes de los bazares les saludaban discretamente, con un ligero arqueo de cejas.

Y La Banda desapareció rápidamente. Los más pequeños, de unos doce años, fueron enviados a centros de menores. Muchos de los más mayores dieron con sus huesos en la cárcel, especialmente a raíz del asesinato de una turista griega. Alguno murió de sobredosis, y otro fue muerto a puñaladas por un filipino al que intentó robar.

Y ahí es donde empieza la leyenda.

Se dice que, probablemente, entre los machacas importados de China había algún especialista en desapariciones discretas y que, cuando alguno de los últimos integrantes del grupo andaba solo por la noche por las más solitarias calles del barrio, el profesional esperaba al momento adecuado para asestarle un certero golpe de estilete en uno de esos misteriosos puntos letales de la acurpuntura. La víctima quedaba instantáneamente seca en el lugar, e inmediatamente llegaba una furgoneta de la que salían unas sombran diligentes que la envolvían en un plástico y la metían en el vehículo.

Se dice que esa furgoneta se dirigía enseguida a los polígonos del sur de la M-30.

Los rollitos de primavera llevan carne.

Pero ya se sabe que las leyendas son leyendas.

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