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Crónicas

The perfect american, Philip Glass

Mezclando de aquí y de allá o la croqueta musical

¿Se está comiendo a Donald ?

Según Operabase, el 53 % de los compositores con óperas programadas en los últimas cinco temporadas (en TODO el mundo, que aquí somos goetheanos y la cultura es una) están todavía vivos. Y el más representado de ese porcentaje es Philip Glass, claro, que ha escrito su última ópera por encargo del Teatro Real de Madrid, donde se estrena estos días, y de la English National Opera de Londres, donde se estrenará en junio.

The Perfect American es una ópera en dos actos que ilustra escenas imaginarias de la vida de Walt Disney, con la pretensión de ahondar más en su psicología que en su biografía. Más que una verdadera trama dispuesta en acciones, lo que se ofrece es una colección de impresiones que por acumulación –el recurso norteamericano por excelencia– se espera que arrojen cierta luz sobre el personaje, del mismo modo que en la música de Philip Glass hay más repetición que drama.

Walt, consciente de ser un americano tan célebre como Lincoln (que tiene una aparición como autómata), se enfrenta de repente a la inminencia de la muerte. Paseando entre la estructura móvil proyectada por Dan Potra, Walt, su familia, sus compatriotas y su débil némesis en forma de empleado injustamente despedido van recitando un texto poco desgarrado con el fin de dejar claro el miedo que siente Walt por su inminente muerte y lo importante que ha sido para su país.

Es una obra más bien emocional, aunque no hay mucho altibajo, así que nada de romanticismo. Los momentos más emocionantes dependen del coro, que canta la ristra de ciudades que atraviesan las líneas férreas con tanto lirismo como si fuera la loa a una virgen sacrificial. No lo digo con sorna; ya he mencionado el recurso de acumulación, que se remonta a la lista de generaciones en la Biblia y que en un país tan inmenso como los Estados Unidos no es de extrañar que sea la primera y más efectiva figura literaria. Entre todas las ciudades destaca una, Marceline, que es lo más parecido a un leitmotiv de toda la pieza. Marceline es la ciudad donde Walt Disney pasó su infancia, y su aparición en el texto tiene un aire al Rosebud de Citizen Kane que le permite a Philip Glass si no un desmelene, sí un reatusamiento del mechón.

Tengo que desviarme un poco si quiero seguir por mi camino: Por mi parte, cuando me comporto como una perfect citizen y me desean a cambio “Que Dios te lo pague con un buen marido”, replico “No, que me lo pague con una capacidad sinestésica como la de Scriabin”. Siento una curiosidad enorme y recibo con esperanzado alborozo cualquier señal de dilatación o al menos de distorsión sensorial. Acompaña a este artículo una ilustración de la célebre teósofa Annie Besant basada en la música de Gounod, una reproducción de cómo se ve la música de Gounod. Yo no estoy en ese grado ni de celebridad ni de percepción, pero, quizá por la vía de la distorsión, se me han superpuesto los dos deseos, el doméstico-marital y el visionario, y por eso cuando oigo la música en espiral de Philip Glass es como si lo estuviera viendo a él revolviendo pacientemente las besameles del tiempo.

No hay que despreciar las imágenes del éxtasis en lo cotidiano como si no valiesen tanto como los raptos de apariencia tradicional. Lo explica Gary Snyder en Reality Insight, que se puede oír en el enlace. Traigo a colación este poema de Gary Snyder por su insistencia en lo importante que es la repetición, tan cara a Glass.

En las entrevistas que han hecho a Philip Glass en la prensa española estos días, éste ha mencionado mucho la mezcla de alta y baja cultura -y la especie de sincretismo- que se da en los Estados Unidos, mucho más suelta que en Europa.

Gary Snyder y Philip Glass son muchos de los nacidos en los años 30 –ahora ya casi ancianos– que en los años 50 y 60 comenzaron a interesarse por las filosofías orientales y sus implicaciones estilísticas en sus respectivas artes. Tengo la sensación de que en España “estas cosas” se ven como modas pasajeras que nos entretienen antes de volver a un Jovellanos de quien nunca debimos alejarnos. A lo mejor es una ingenuidad, a lo mejor ni siquiera se ven de ninguna manera porque aquí la verdadera obsesión es perfeccionar la técnica de hablar a gritos.

Pero creo que hay una diferencia entre estar dando vueltas siempre a lo mismo y trabajar en espiral como el que bate las claras del tiempo a punto de nieve, o aunque sea como el que hace crecer el algodón de azúcar alrededor de un palito, por mencionar un preparado más verbenero, infantil y disneyano. Y por eso en este momento preferiría ser una imperfect American antes que una perfect Spaniard. Y hasta aquí mi noventayochismo de hoy. Id a la ópera y a la playa.

The Perfect American, ópera en dos actos de Philip Glass, con libreto de Rudy Wurlitzer, se representa en el Teatro Real entre el 22 de enero y el 6 de febrero.

El director musical es Dennis Russell Davies y la puesta en escena es obra de Phelim McDermott. La interpretación es del Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real, y los papeles principales los representan Christopher Purves, David Pittsinger, Donald Kaasch y Janis Kelly . //Bárbara Mingo Costales

Teatro Real | Plaza de Oriente s/n | 915160660
Horarios:
30 de enero y 1, 4 y 6 de febrero a las 20 h. y 3 de febrero a las 18 h.
Precios: 8€ – 363€ Investíguese aquí.

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