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O un dios o una bestia

Recuerdo que uno de mis boletines de notas del colegio decía: “No para de moverse y es incapaz de permanecer quieta en la silla”. Nunca entendí que aquello pudiera ser negativo para nadie más que para mí. Hoy en día, sé que si quiero ver una película del tirón tengo que ir al cine, única forma de obligarme a permanecer sentada. Sola en casa es imposible, siempre acaban venciendo los mil factores de despiste que constituyen cualquier hogar -la nevera, el teléfono- y la posibilidad de darle al botón de pausa.

Sin embargo, y por primera vez en mi vida, la semana pasada fui capaz de ver seguidas las dos películas de una sesión doble: Chiedo asilo (1979) y Dillinger è morto (1969), ambas dirigidas por Marco Ferreri y reunidas por Jordi Costa en el ciclo Luces y sombras de Nunca Jamás bajo el título “Encerrados con un solo juguete.

Bajé la larguísima calle de Mesón de Paredes y cuando llegué a LCE comprobé que BN me había dejado en el hall entrada para las dos películas. Esta chica es muy prenda. A lo mejor me dio pena desperdiciar su cortesía. A lo mejor aguanté toda la tarde sentada precisamente porque tenía algo importante que hacer pero no me apetecía sentarme a hacerlo, a pesar de lo que estaba en juego.

En la primera sesión había otras dos mujeres y en la segunda sólo una. En estos pases casi privados fantaseo con la idea de que soy Fritz Lang en Le Mépris.

Chiedo asilo (1979) es una película hermosísima. Divertida y también jodida, pero en ningún momento moñas. Un jovencísimo y delgadísimo Roberto Benigni se estrena como maestro en una guardería.Y hasta aquí puedo leer. Lo demás sería estropearla.

Dillinger è morto (1969) seguramente sea la película de cine sonoro en la que menos se habla. Para qué, si podemos deleitarnos con las piernas de Michel Piccoli paseándose en toalla cual faraón egipcio. Una película sobre un hombre que parece un dios, una divinidad que se aburre y ella misma se entretiene. Una película ante la cual una piensa “esto es cine, pero nadie que haga cine ahora hace esto”. Y el tráiler es lo más cool de la historia de los trailers cool. Ni Godard ni nada. Ferreri.

Botellín y pincho de tortilla en el bar la Rosa, paseo cuesta arriba por Lavapiés hasta las inmediaciones de la plaza de Santa Ana y a La boca del lobo a bailar como una loca en el concierto de Lagniappe Brass Band con los otros 2/3 de la playa de Madrid. Entre cervezas y metales conocimos a la sociable S. y al belga V., el chico más guapo del pub y de parte del extranjero. Recién avenidos nos fuimos los cinco a la mejillonería El Rocío a reponernos del calor de New Orleans y a pasear por el centro hasta unas horas en las que una debería haber estado encamada para encarar el largo, completo y complicado día siguiente. Pero cómo eludir el campo magnético de esas manos y esa sonrisa.

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